La melancolía del campo: Axiu vs. La huida
El día que Axiu murió, yo, con 21 años, estaba entre la multitud que observaba y tomé la decisión en secreto: huir del pueblo. Axiu solo tenía 19 años cuando murió, recién casada, y al segundo día de la boda su familia política la devolvió a la casa de sus padres. El motivo: en la sábana no había mancha de sangre. Su recién estrenado marido insistió en no quererla, diciendo que ella no era pura.
Una muchacha de 19 años, convertida en novia, era rechazada al día siguiente por su esposo, y además con la acusación de deshonra. Una excusa que dejaba a cualquiera sin palabras, imposible de refutar ni siquiera en un juicio. Axiu, sin embargo, fue testaruda: dejó una carta que decía: "Soy inocente. Hermano, ¡tienes que vengarme!" y se arrojó a las vías del tren...
Axiu era muy guapa, como esa "muchacha del pueblo llamada Xiaofang" de la canción: bonita, bondadosa. Xiaofang era compañera de clase de mi hermana, con dos trenzas, siempre sonriente antes de hablar, y al reír se le marcaban dos dulces hoyuelos que hasta a mí me hacían latir el corazón, pensando para mis adentros: ¡qué hermosa es esta chica!
Esa dia,la familia de Axiu y la del marido se enfrentaron con azadones y palas, en una pelea tan brutal que ni los agentes de la comisaría lograron contenerlos, porque aquella muchacha solo tenía 19 años, una vida de solo 19 años...
Entre la multitud, escuchando todo tipo de rumores, sentí un escalofrío que me atravesaba, incluso bajo el sol abrasador. Y, sobre todo, al observar al joven marido de Axiu, un muchacho casi un niño, que no hacía más que repetir: "No es mi culpa, no es mi culpa, ella no era pura, ¡no era pura! ¿Qué culpa tengo yo? ¡No quererla, no es mi culpa! ..."
Yo aún no me había recuperado del asco de aquella "Crónica de una cita a ciegas", y naturalmente no sentía ni un ápice de simpatía por aquel marido desolado. Más tarde, en "Al otro lado del carril", escribiría: mi gente, en mi tierra, es a la vez estúpida y lastimosa. Por su ubicación privilegiada, sus recursos naturales y el viento de la reforma, no les falta el sustento; pero su vida espiritual y cultural es pobre en extremo. Y esa pobreza no es solo ignorancia, sino también algo terrible, porque nunca se sabe qué decisiones horribles pueden tomar esos campesinos inconscientes cuando pierden la razón o el control de sus emociones...
Para entonces, mi soldado ya había ingresado en la academia militar y ya no estaba en nuestra ciudad; ni siquiera me concedía media hora los fines de semana. Me vi obligada a acelerar mis preparativos para huir, porque no quería casarme, no quería ser entregada a nadie. Me negaba a casarme con aquel chico con el que solo había compartido una vez almuerzo y al que había devuelto el sobre rojo con los 1999 yuanes del ritual. El chico no dijo nada, pero su padre me amenazó: "No queremos el dinero, queremos a la persona. Ya que has comido en nuestra casa, eres de nuestra familia. Tienes que casarte con mi hijo,no puedes negarte..."
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